"You Must Answer!" Judge Faruqui Demolishes Marco Rubio's Defense in Federal Court!
A federal judge has rejected a motion to dismiss a lawsuit brought by three foreign nationals against U.S. Secretary of State Marco Rubio.
The plaintiffs, who applied for EB-1A visas reserved for individuals with “extraordinary abilities,” argued that the government has unreasonably and unlawfully delayed processing their applications. The ruling allows the case to move forward, requiring the State Department to issue a final decision on the long-pending petitions.
The case, Lyazat Tolymbekova, et al. v. U.S. Secretary of State Marco Rubio, et al., involves three plaintiffs — a Kazakh metallurgist, a Russian project manager, and a Russian makeup artist — whose EB-1A visa applications have been stuck in administrative processing for more than 16 months.
Their applications were placed under § 221(g) of the Immigration and Nationality Act, which permits consular officers to deny visas pending additional information.
The plaintiffs contend that the prolonged delay has imposed severe personal and professional hardships. Lyazat Tolymbekova, for instance, has been separated from her U.S. citizen daughter, missing her college graduation and being unable to support her during a medical crisis.
The other plaintiffs said the uncertainty surrounding their applications has forced them to put both careers and family plans on hold.
In its motion to dismiss, the government argued that the court lacked jurisdiction under the doctrine of consular nonreviewability, which generally shields a consular officer’s final visa decision from judicial scrutiny.
But Magistrate Judge Zia M. Faruqui rejected that argument, noting that a § 221(g) refusal is not a final decision, since the State Department’s own guidance tells applicants their cases will be re-adjudicated once processing is complete. The court stressed that nonreviewability applies only to final determinations.
Faruqui also dismissed the government’s sovereign immunity claim, ruling that the Administrative Procedure Act (APA) waives immunity in cases where plaintiffs seek injunctive relief rather than monetary damages.
The judge concluded that the State Department has a “clear, nondiscretionary duty” to either issue or refuse a visa once an application is properly filed — a duty it has failed to fulfill in this case.
Faruqui cited State Department regulations requiring consular officers to act on visa applications and deliver a final decision. He also invoked the Accardi doctrine, which holds that federal agencies must adhere to their own rules and procedures.
While Faruqui did not rule on whether the delays were “unreasonable,” his decision allows the case to proceed, setting up a fuller legal battle over the plaintiffs’ claims.
The ruling leaves open the possibility that the court could ultimately order the government to issue a final decision.
This comes after President Trump announced on Monday that he had a “positive” call with Brazilian President Luiz Inacio Lula da Silva.
President Luiz Inacio Lula da Silva asked Trump to remove the 40% tax on Brazilian exports and the restrictions the U.S. put on local governments. The two leaders talked on the phone for 30 minutes earlier in the day and promised to meet in person “soon.” The statement added that the call was cordial.
According to the statement, Lula suggested a meeting during the ASEAN Summit in Malaysia and said he would be willing to go to the US. Brazil’s government stated that both presidents exchanged phone numbers so they could communicate directly.
Fernando Haddad, Brazil’s finance minister, told reporters in Brasilia following the meeting that the call was “positive.” Geraldo Alckmin, the Vice President, and Mauro Vieira, the Foreign Minister, were also there.
Trump claimed last month that he wanted to meet with Lula after a brief meeting at the U.N. General Assembly in New York. He also remarked that they had “excellent chemistry.”
Brazilian markets have been eagerly watching the meeting between the two leaders as Brazil had to pay some of the highest tariffs in the world.
At first, Brazil had to pay a minimum duty of 10%, but Trump later boosted the rate to 40% on a number of important exports, making the total tax 50%.
Trump argued at the time that the tariffs were a retaliation to what he called a “witch hunt” against his ally, former Brazilian President Jair Bolsonaro. Bolsonaro was eventually convicted to 27 years in prison for trying to mount a coup to stay in power after losing the 2022 elections to Lula.
The Trump administration used the Magnitsky Act to punish Brazil’s Supreme Court Justice Alexandre de Moraes, who was in charge of Bolsonaro’s case. It also took away the visas of six high-ranking officials, such as Jorge Messias, the Brazilian solicitor-general.
Lula said at the U.N. General Assembly last month that there was no reason for Brazil’s institutions and economy to be targeted by one-sided and arbitrary actions without naming Trump.
—Si me deja quedarme, puedo atenderlo cada noche—, dijo la joven sin hogar al granjero viudo, mientras detrás de sus ojos se escondía un secreto que podía cambiar para siempre la vida de aquella casa desierta.— - NEWS

La palabra se quedó flotando entre las dos como algo que no debía decirse en voz alta… pero que ya no podía guardarse.
—Quédate.
Mariana no respondió.
No porque no quisiera… sino porque entendió que esa palabra no era para ella.
Era para alguien más.
Para alguien que ya no estaba.
El niño en sus brazos ardía.
La piel caliente. La respiración entrecortada. Ese sonido… ese silbido leve al inhalar que no necesitaba explicación para quien ya lo había escuchado antes.
Mariana cerró los ojos un segundo.
No por miedo.
Por memoria.
Lo acomodó mejor contra su pecho, envolviéndolo con una tela húmeda, ajustando su posición con una precisión que no se aprende en un día… ni en una semana… ni siquiera en meses.
Era un gesto antiguo.
Automático.
Como si sus manos ya supieran lo que venía.
Lupita la miraba.
No lloraba.
Ya no.
Pero tampoco estaba en calma.
Era otra cosa.
Una vigilancia silenciosa, intensa… como si cada movimiento de Mariana estuviera siendo comparado con algo que solo ella podía ver.
—No es la primera vez… ¿verdad? —susurró la niña, con la voz todavía quebrada.
Mariana no contestó de inmediato.
Se levantó despacio, caminó hacia la mesa, apartó algunas cosas y buscó en su maleta. Sacó el cuaderno.
Lo abrió.
Pasó páginas con rapidez.
No estaba buscando una receta.
Estaba buscando confirmación.
—No —dijo al final—. No es la primera vez.
Lupita bajó la mirada.
—Mamá hacía eso.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue preciso.
Como si cada palabra tuviera que caer en el lugar exacto para no romper algo más.
—¿Qué hacía? —preguntó Mariana, sin levantar la voz.
—Cuando mi hermano se enfermó… —la niña dudó—. Lo cargaba igual. Le hablaba bajito… y no dejaba que nadie lo moviera.
Mariana sintió un nudo en el pecho.
No era sorpresa.
Era confirmación.
Se acercó a la niña, pero no la tocó.
—¿Y qué pasó después?
Lupita no respondió.
No con palabras.
Pero su cara cambió.
Y eso fue suficiente.
El bebé soltó un quejido más fuerte.
Mariana reaccionó de inmediato. Mojó otro trapo. Ajustó la posición. Revisó su respiración pegando el oído a su pecho.
Cerró los ojos otra vez.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Y entonces supo.
—Necesita bajar la fiebre ya —murmuró.
Miró hacia la puerta.
Julián no había regresado.
Y la noche… seguía siendo larga.
No había tiempo para esperar.
Se movió rápido. Encendió más agua. Preparó una mezcla con lo poco que había. Trituró hojas que había recogido en el camino, esas que muchos ignoraban pero que ella no.
Lupita no se movió de su lugar.
—¿Se va a morir? —preguntó de pronto.
Mariana no suavizó la respuesta.
—No si hacemos lo correcto.
La niña asintió.
No con esperanza.
Con decisión.
Y en ese momento… dejó de ser solo una niña.
Se acercó.
—Dime qué hago.
No hubo ternura en ese gesto.
Hubo algo más fuerte.
Confianza naciendo en un lugar donde antes solo había resistencia.
Mariana le dio instrucciones simples. Sostener. Pasar el trapo. Mantener la calma.
Y Lupita obedeció.
Sin preguntas.
Sin miedo visible.
La casa respiraba distinto.
No como antes.
No como cuando Mariana llegó.
Era otra cosa.
Era… presencia.
Como si alguien más estuviera ahí, observando, midiendo, esperando.
La fotografía en la pared parecía más oscura esa noche.
Más cercana.
Más viva.
Mariana la miró de reojo mientras trabajaba.
Y por primera vez… no sintió duda.
Sintió reconocimiento.
No era el rostro.
Era la historia.
Las manos.
Las decisiones.
Las noches sin dormir.
—No me parezco a ella —susurró casi para sí misma—. Pero sí entiendo lo que dejó.
Lupita levantó la mirada.
—Entonces por eso…
No terminó la frase.
Pero Mariana supo.
Por eso la canción.
Por eso la forma de tocar sin invadir.
Por eso la manera de no prometer nada… pero quedarse igual.
El tiempo pasó lento.
Espeso.
Cada minuto pesaba más que el anterior.
Hasta que, poco a poco, la respiración del bebé cambió.
El silbido bajó.
El calor empezó a ceder.
No fue inmediato.
No fue milagroso.
Fue… trabajo.
Cuidado.
Resistencia.
Mariana soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Ya está bajando.
Lupita no sonrió.
Pero sus hombros bajaron.
Y eso era más que suficiente.
Se sentó en el suelo.
Cansada.
Pero no derrotada.
Mariana se quedó un momento más, asegurándose.
Luego lo acomodó en la cama, cubriéndolo con cuidado.
Cuando se volvió hacia Lupita… la encontró mirándola distinto.
Ya no como intrusa.
Ni como reemplazo.
Sino como alguien que había estado ahí… cuando importaba.
—¿Por qué sabes todo eso? —preguntó la niña.
La pregunta no era curiosidad.
Era… necesidad.
Mariana dudó.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—Porque tuve que aprender —respondió.
—¿Con quién?
Ahí sí hubo silencio.
No evasivo.
Sino medido.
—Con alguien que tampoco tenía a nadie más.
Lupita bajó la mirada.
Pensó.
—¿Se murió?
Mariana no respondió con palabras.
Y eso fue respuesta suficiente.
La niña asintió despacio.
Como si entendiera algo que no podía explicar.
La puerta se abrió de golpe.
Julián regresó.
Con el médico detrás.
El hombre entró rápido, revisó al bebé, hizo preguntas, comprobó lo que ya estaba pasando.
—Ya pasó lo peor —dijo al final—. Si hubiera esperado un poco más…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Julián miró a Mariana.
No como antes.
No con duda.
No con distancia.
Sino con algo más pesado.
—¿Tú…?
Ella negó.
—No hice nada que alguien no pudiera hacer.
El médico la miró de reojo.
—No cualquiera.
Se hizo el silencio.
Otra vez.
Pero distinto.
Más lleno.
Más claro.
Julián dejó caer el peso de sus hombros.
Se acercó a la cuna.
Miró a su hijo.
Luego a Lupita.
Y finalmente… a Mariana.
—Gracias.
No fue una palabra grande.
Pero tampoco era ligera.
Mariana asintió.
Sin apropiársela.
Sin rechazarla.
Solo… dejándola existir.
La noche empezó a ceder.
El cielo aclaraba.
Y con él… algo más.
Lupita se levantó del suelo.
Se acercó a la mesa.
Tomó el cuaderno de Mariana.
Lo abrió.
Pasó las páginas.
Recetas.
Notas.
Pequeños dibujos.
Historias entre líneas.
—¿Te vas a ir? —preguntó sin levantar la vista.
Mariana no respondió de inmediato.
Miró la casa.
La cocina.
La cuna.
La fotografía.
Y luego… a la niña.
Pensó en el camino.
En lo que había dejado atrás.
En lo que no había podido salvar.
Y en lo que, sin buscarlo… ahora estaba frente a ella.
—No hoy.
Lupita cerró el cuaderno.
Lo dejó sobre la mesa.
—Entonces está bien.
No era una victoria.
No era un final feliz.
Era… un permiso.
Pequeño.
Pero real.
El sol entró por la ventana, tocando la madera, las paredes, los rostros.
Nada estaba resuelto.
Nada estaba perfecto.
Pero algo había cambiado de lugar.
Y esta vez… no era frágil.
Era firme.
Como cuando una casa deja de sostenerse por costumbre… y empieza a sostenerse por decisión.
Mariana tomó aire.
Y se quedó.
No porque la necesitaran.
Sino porque… eligió hacerlo.