🚨CRUCIAL UPDATE: A new breakthrough in the search for Gus Lamont as police deploy sniffer dogs after uncovering a concerning detail near Oak Park station. 😲
Cadaver dogs have searched a water tank and a recently cemented outhouse at a property owned by Gus Lamont’s family.
The four-year-old boy was last seen playing at his grandparents’ Oak Park Station homestead near Yunta in outback South Australia on September 27.
 ÂEarlier this month, South Australian Police declared someone living at the remote station was a suspect in Gus’ disappearance and likely death.
On Tuesday, officers and cadaver dogs brought in from New South Wales inspected a water tank and an outhouse at a sheep station owned by Gus’ family located 30km west of Oak Park Station.
The search at one point focused on the outhouse, where fresh cement had recently been laid, the ABC reported.
They then moved to a second property at Grampus, about 24km from Oak Park, where Task Force Horizon detectives were seen scouring the homestead and surrounding areas.
Police announced this week that detectives had returned to the area to continue searching for evidence, adding they would there for at least two days.
No evidence relating to the boy’s disappearance has yet been found during the latest search.
Gus Lamont was last seen playing at his grandparents’ Oak Park Station homestead near Yunta in outback South Australia
On February 5, South Australian Police declared someone living at the remote station was a suspect in Gus’ disappearance and likely death
Police returned to the region this week to launch a renewed search for evidence
Police said Gus’ grandparents, his mother and his younger brother were at Oak Park Station when he disappeared, but stressed his parents were not suspects.
On Monday, police arrested and charged Gus’s grandmother, 75-year-old Josie Murray, with firearm offences.
Murray was bailed to appear in Peterborough Magistrates Court in May.
Acting Officer in Charge of Major Crime Investigation Branch Detective Inspector Andrew Macrae said that the charges are not related to Gus’ disappearance.
He added that the charges were also not connected to an incident with a journalist who attended the property in October 2025.
Gus went missing from the 60,000ha Oak Park Station on September 27 last year and, despite the largest police search operation in the state’s history, no trace of him has been found.
No arrests have been made or charges laid over Gus’ disappearance.
Gus’ grandparents Shannon and Josie Murray have both enlisted the services of high-profile Adelaide defence lawyers.
Gus’ grandmother Josie Murray (pictured with police) was arrested and charged with firearm offences on Monday. The charges are not related to the boy’s disappearance
Authorities on Monday began a two-day search at the remote station where he vanished in September (pictured in October)
Gus disappeared from Oak Park Station (pictured) on September 27
They said they were ‘devastated’ by the police announcement and insisted they were still cooperating with the investigation.
There is no suggestion that Josie or Shannon Murray were involved in Gus’ disappearance.
Police have not said either is a suspect and it is not uncommon for witnesses in criminal cases to seek legal advice.
In November, a search of six uncovered and unfenced mine shafts located between 5.5km and 12km from the homestead lasted three days.
‘The inspection of the mine shafts … did not locate any evidence to assist in the investigation into Gus’ disappearance,’ a police statement said.
‘Several of the shafts were relatively shallow and could be visually inspected but the remainder were up to 20 metres deep and specialised equipment was required to complete the searches.’
Before that, authorities drained a dam in late October, ruling out the possibility Gus had drowned.
It took police about three-and-a-half hours to drain 3.2million litres of water from the 4.5metre-deep dam, which is 600metres from the homestead.
The initial search for Gus included survival experts, SES crews, local trackers, multiple air support units and mounted police.
Aerial imaging within a 10km radius of the homestead had also been done.
  Â—Si me deja quedarme, puedo atenderlo cada noche—, dijo la joven sin hogar al granjero viudo, mientras detrás de sus ojos se escondÃa un secreto que podÃa cambiar para siempre la vida de aquella casa desierta.— - NEWS

La palabra se quedó flotando entre las dos como algo que no debÃa decirse en voz alta… pero que ya no podÃa guardarse.
—Quédate.
Mariana no respondió.
No porque no quisiera… sino porque entendió que esa palabra no era para ella.
Era para alguien más.
Para alguien que ya no estaba.
El niño en sus brazos ardÃa.
La piel caliente. La respiración entrecortada. Ese sonido… ese silbido leve al inhalar que no necesitaba explicación para quien ya lo habÃa escuchado antes.
Mariana cerró los ojos un segundo.
No por miedo.
Por memoria.
Lo acomodó mejor contra su pecho, envolviéndolo con una tela húmeda, ajustando su posición con una precisión que no se aprende en un dÃa… ni en una semana… ni siquiera en meses.
Era un gesto antiguo.
Automático.
Como si sus manos ya supieran lo que venÃa.
Lupita la miraba.
No lloraba.
Ya no.
Pero tampoco estaba en calma.
Era otra cosa.
Una vigilancia silenciosa, intensa… como si cada movimiento de Mariana estuviera siendo comparado con algo que solo ella podÃa ver.
—No es la primera vez… ¿verdad? —susurró la niña, con la voz todavÃa quebrada.
Mariana no contestó de inmediato.
Se levantó despacio, caminó hacia la mesa, apartó algunas cosas y buscó en su maleta. Sacó el cuaderno.
Lo abrió.
Pasó páginas con rapidez.
No estaba buscando una receta.
Estaba buscando confirmación.
—No —dijo al final—. No es la primera vez.
Lupita bajó la mirada.
—Mamá hacÃa eso.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue preciso.
Como si cada palabra tuviera que caer en el lugar exacto para no romper algo más.
—¿Qué hacÃa? —preguntó Mariana, sin levantar la voz.
—Cuando mi hermano se enfermó… —la niña dudó—. Lo cargaba igual. Le hablaba bajito… y no dejaba que nadie lo moviera.
Mariana sintió un nudo en el pecho.
No era sorpresa.
Era confirmación.
Se acercó a la niña, pero no la tocó.
—¿Y qué pasó después?
Lupita no respondió.
No con palabras.
Pero su cara cambió.
Y eso fue suficiente.
El bebé soltó un quejido más fuerte.
Mariana reaccionó de inmediato. Mojó otro trapo. Ajustó la posición. Revisó su respiración pegando el oÃdo a su pecho.
Cerró los ojos otra vez.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Y entonces supo.
—Necesita bajar la fiebre ya —murmuró.
Miró hacia la puerta.
Julián no habÃa regresado.
Y la noche… seguÃa siendo larga.
No habÃa tiempo para esperar.
Se movió rápido. Encendió más agua. Preparó una mezcla con lo poco que habÃa. Trituró hojas que habÃa recogido en el camino, esas que muchos ignoraban pero que ella no.
Lupita no se movió de su lugar.
—¿Se va a morir? —preguntó de pronto.
Mariana no suavizó la respuesta.
—No si hacemos lo correcto.
La niña asintió.
No con esperanza.
Con decisión.
Y en ese momento… dejó de ser solo una niña.
Se acercó.
—Dime qué hago.
No hubo ternura en ese gesto.
Hubo algo más fuerte.
Confianza naciendo en un lugar donde antes solo habÃa resistencia.
Mariana le dio instrucciones simples. Sostener. Pasar el trapo. Mantener la calma.
Y Lupita obedeció.
Sin preguntas.
Sin miedo visible.
La casa respiraba distinto.
No como antes.
No como cuando Mariana llegó.
Era otra cosa.
Era… presencia.
Como si alguien más estuviera ahÃ, observando, midiendo, esperando.
La fotografÃa en la pared parecÃa más oscura esa noche.
Más cercana.
Más viva.
Mariana la miró de reojo mientras trabajaba.
Y por primera vez… no sintió duda.
Sintió reconocimiento.
No era el rostro.
Era la historia.
Las manos.
Las decisiones.
Las noches sin dormir.
—No me parezco a ella —susurró casi para sà misma—. Pero sà entiendo lo que dejó.
Lupita levantó la mirada.
—Entonces por eso…
No terminó la frase.
Pero Mariana supo.
Por eso la canción.
Por eso la forma de tocar sin invadir.
Por eso la manera de no prometer nada… pero quedarse igual.
El tiempo pasó lento.
Espeso.
Cada minuto pesaba más que el anterior.
Hasta que, poco a poco, la respiración del bebé cambió.
El silbido bajó.
El calor empezó a ceder.
No fue inmediato.
No fue milagroso.
Fue… trabajo.
Cuidado.
Resistencia.
Mariana soltó el aire que no sabÃa que estaba conteniendo.
—Ya está bajando.
Lupita no sonrió.
Pero sus hombros bajaron.
Y eso era más que suficiente.
Se sentó en el suelo.
Cansada.
Pero no derrotada.
Mariana se quedó un momento más, asegurándose.
Luego lo acomodó en la cama, cubriéndolo con cuidado.
Cuando se volvió hacia Lupita… la encontró mirándola distinto.
Ya no como intrusa.
Ni como reemplazo.
Sino como alguien que habÃa estado ahÃ… cuando importaba.
—¿Por qué sabes todo eso? —preguntó la niña.
La pregunta no era curiosidad.
Era… necesidad.
Mariana dudó.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—Porque tuve que aprender —respondió.
—¿Con quién?
Ahà sà hubo silencio.
No evasivo.
Sino medido.
—Con alguien que tampoco tenÃa a nadie más.
Lupita bajó la mirada.
Pensó.
—¿Se murió?
Mariana no respondió con palabras.
Y eso fue respuesta suficiente.
La niña asintió despacio.
Como si entendiera algo que no podÃa explicar.
La puerta se abrió de golpe.
Julián regresó.
Con el médico detrás.
El hombre entró rápido, revisó al bebé, hizo preguntas, comprobó lo que ya estaba pasando.
—Ya pasó lo peor —dijo al final—. Si hubiera esperado un poco más…
No terminó la frase.
No hacÃa falta.
Julián miró a Mariana.
No como antes.
No con duda.
No con distancia.
Sino con algo más pesado.
—¿Tú…?
Ella negó.
—No hice nada que alguien no pudiera hacer.
El médico la miró de reojo.
—No cualquiera.
Se hizo el silencio.
Otra vez.
Pero distinto.
Más lleno.
Más claro.
Julián dejó caer el peso de sus hombros.
Se acercó a la cuna.
Miró a su hijo.
Luego a Lupita.
Y finalmente… a Mariana.
—Gracias.
No fue una palabra grande.
Pero tampoco era ligera.
Mariana asintió.
Sin apropiársela.
Sin rechazarla.
Solo… dejándola existir.
La noche empezó a ceder.
El cielo aclaraba.
Y con él… algo más.
Lupita se levantó del suelo.
Se acercó a la mesa.
Tomó el cuaderno de Mariana.
Lo abrió.
Pasó las páginas.
Recetas.
Notas.
Pequeños dibujos.
Historias entre lÃneas.
—¿Te vas a ir? —preguntó sin levantar la vista.
Mariana no respondió de inmediato.
Miró la casa.
La cocina.
La cuna.
La fotografÃa.
Y luego… a la niña.
Pensó en el camino.
En lo que habÃa dejado atrás.
En lo que no habÃa podido salvar.
Y en lo que, sin buscarlo… ahora estaba frente a ella.
—No hoy.
Lupita cerró el cuaderno.
Lo dejó sobre la mesa.
—Entonces está bien.
No era una victoria.
No era un final feliz.
Era… un permiso.
Pequeño.
Pero real.
El sol entró por la ventana, tocando la madera, las paredes, los rostros.
Nada estaba resuelto.
Nada estaba perfecto.
Pero algo habÃa cambiado de lugar.
Y esta vez… no era frágil.
Era firme.
Como cuando una casa deja de sostenerse por costumbre… y empieza a sostenerse por decisión.
Mariana tomó aire.
Y se quedó.
No porque la necesitaran.
Sino porque… eligió hacerlo.